El basilisco

«Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.»

josé ángel valente, Mandorla

Juan Pablo Roa Delgado

La poesía, la vida

El basilisco

(México, 2008)

 

 

Serenata diurna

 

 

Que canten las mujeres su canción desconsolada al borde de los ríos

mientras dios aprende la nobleza que hay en el galope del caballo

 

Que la sombra del verano nos enseñe el sol sin muerte del poema

mientras la noche en los balcones inventa la larga migración de los

amantes

 

Que hable el sol sobre un claro de musgo a las tres de la tarde

mientras aprendemos que nuestros viajes no son en vano

 

Que aprendamos a escribir con la voz diletante del presentimiento

mientras obtenemos la imagen oblicua y vertiginosa del além y

creemos que alguien nos espera al fondo del pasillo

 

Que las voces de la lluvia oculten el misterio de los días

mientras la esperanza se oculta en el vuelo de los pájaros y el

clamor de las palomas que recorren ciudades y parques cada día

 

Que canten siempre las mujeres su canción al borde de los ríos

mientras los hombres seguimos creyendo inútilmente que alguien

nos espera al fondo del pasillo.

 

 

 

Jardín de las delicias

 

 

La imagen es precisa. Ella plancha tarde en horas de la madrugada

mientras él le llena la cabeza de recuerdos, de músicas extrañas. Le cuenta su vida como si viniera de otra geografía. Ella elogia su desnudez al lado de la plancha. Cada vez demora más el paso del calor sobre la ropa: quiere que la noche no termine.

 

Pero él le llena la cabeza de recuerdos, de músicas extrañas. Su vida,

su desnudez, sus palabras. Todo pende de un hilo delicado, y, sin embargo, a la hora del amor, nada parece más fuerte que sus palabras. La plancha, su desnudez, sus gestos.

 

 

Oscuras plantas de la noche

 

 

Todo en el cuerpo es un exterminio de jardines y de lámparas, de

pérdidas y muebles recordados en su materialidad de lento nocturno.

La mano regresa intacta a la infancia desnuda y risueña sobre el

espejo leñoso del parquet:

allí el ventanal helado ante el caer de la lluvia sobre el loro y su jardín;

allí el papayuelo inerme con su perfume de sexo apenas excitado,

apenas oprimido por una lenta caricia que promete;

allí el recuerdo de los parientes guarecidos en la extensión infinita

que no conoce reposo ni fatiga y cuyos gestos no se ofrecen por completo a la sonrisa;

allí la obsecuencia de los afectos extraviados para siempre en

ciudades inventadas por la lluvia.

 

Inerme se pasea la mano por el jardín recorriendo el tacto de las

plantas nocturnas.

 

Todo en el cuerpo es un continuo exterminio de jardines y de

lámparas que reconoce los muebles en su gesto invulnerable que no se ofrece por completo a la sonrisa;

todo en el cuerpo es un continuo repetir el viaje hacia oscuras plantas

de la noche, hacia el prestigio vegetal y perenne de lo ausente.

 

 

 

La inevitable puerta de mi casa

 

 

Porque mi madre tiene algo de mujer bajo la lluvia, de mujer inmóvil

bajo la lluvia como un barco que se hunde en una película muda y sin actores; en la pantalla solamente el suntuoso mobiliario abigarrado en contra del Horror vacui;

 

la película de mi madre no imagina aún la restauración de las naves

agotadas de tanto viaje atiborrado de mercancías que se hunden; mi madre bajo la lluvia es un mercader de Oriente que se burla de la redondez de la tierra porque sueña con las mercancías que se pierden y quedan a buen recaudo en la memoria; mi madre bajo la lluvia es un barco que se hunde y avanza entre la niebla porque sabe que naufraga y con ella declina un mundo de ausencias y personajes desechados por reales;

 

mi madre bajo la lluvia tiene brazos de arboladura que naufraga para

siempre entre las paredes del despacho; mi madre bajo la lluvia sabe que en el mar no existe intimidad porque los peces hacen todo en público y no sufren cuando devoran a sus crías;

 

mi madre bajo la lluvia no imagina las dársenas sacramentales donde

las naves se restauran, las naves que aborrecen de los viajes pletóricos de tanta materia astillada; mi madre bajo la lluvia es la única actriz que persiste sin sombrilla en el diluvio;

 

mi madre bajo la lluvia espera a que yo recoja su adiós entre pañuelos

mucho antes de que ella misma se sumerja en dársenas luctuosas, mucho antes de que el diluvio le quite siglos de maquillaje, a la espera de que alguien escriba, bajo la lluvia, «mi madre tiene algo de mujer desnuda bajo la lluvia»; los fotogramas en blanco y negro, bajo la lluvia y el maquillaje que se escurre.

 

Juan Pablo Roa (Bogotá, Colombia, 1967) estudió Letras en su ciudad natal. Tras una estancia en Portugal e Italia, entre 1993 y 1997, se radicó en Barcelona (España) en el año 2000, donde se desempeña como editor.

«Ya se ha dicho que todo libro es un manuscrito en una botella.»

renato poggioli